Sobre la amistad

Tiene el leopardo un abrigo
En su monte seco y pardo:
Yo tengo más que el leopardo,
Porque tengo un buen amigo.

José Martí

Hay veces en que, de tan cercanas o habituales en nuestras vidas, ciertas cosas no son apreciadas, valoradas o reflexionadas con suficiente atención. Aquello que es más cotidiano no se espera, se exige su presencia, y solo notamos su ausencia y lo reclamamos cuando no aparece, o no aparece como nosotros queremos. Una de estas cosas es, sin duda, la amistad, que fue el tema escogido en el café filosófico celebrado el 21 de abril.  

El tema plantea un punto de partida muy atractivo, puesto que todos hemos tenido experiencias, positivas y negativas, de la amistad; de este modo, inicialmente el diálogo se presenta como un conjunto de experiencias individuales puestas en común. Así lo sugiere la pregunta elegida por los dialogantes: “¿En qué nos basamos a la hora de elegir y cultivar nuestras amistades?” Podríamos plantear la respuesta, entonces, como una búsqueda inductiva que nos lleve de lo particular a lo general. Sin embargo, vemos las dificultades que esto plantea en el tema que nos ocupa, ya que hay experiencias tan personales que, difícilmente, pueden ser llevadas a los conceptos. La amistad es emociones, sentimientos, en una palabra, biografía. Y es obvio que cada cual tiene su propia biografía. Pero en un diálogo filosófico, a la búsqueda de la razón común que nos une, la vida personal, única, intransferible de cada cual cuenta poco. Pensar requiere de una toma de distancia con respecto al tema pensado, y de una toma de distancia también de uno mismo, de sus peculiares experiencias. Si el corazón tiene razones que la razón no entiende (Pascal), para razonar, entonces, y para hacerlo con claridad, habría que “descorazonarse”, en el sentido de desapasionarse.

De esta forma, sigue el diálogo preguntándonos qué características debe tener una amistad para considerarla como tal. Ha de tener reciprocidad (y, en este sentido, se propone diferenciarla del amor), ha de ser altruista y estar basada en la entrega, aunque también requiere de un intercambio simbiótico. Asimismo, en ella ha de haber confianza y debe ser cultivada, cocinada a fuego lento. Se propone también que en la relación amistosa ha de haber un principio de igualdad, y que requiere, por parte de los amigos, de cierta madurez y conciencia emocional. Debe haber, además, libertad, puesto que no es amigo, sino una especie de súbdito, aquel que está o se siente forzado a conservar una relación. En este punto, el animador pregunta a los asistentes si de verdad alguien tiene un amigo o una amiga que cumpla estos requisitos. ¿Estamos romantizando la amistad, como lo hacemos con el amor? Son muchas las cuestiones que se plantean a partir de estas características. Vayamos con algunas de ellas. 

¿Puedes ser amigo de tus padres, o de tus hijos? Dado que estas relaciones se dan, generalmente, de forma jerarquizada, rompemos el requisito de igualdad entre los amigos. ¿Puedes ser amigo de tu pareja? Se dice, por otra parte, que “el perro es el mejor amigo del ser humano”, pero ¿puedes ser amigo de tu mascota? Se plantea aquí la cuestión de si los animales de compañía (sic) tienen la libertad requerida para ser considerados nuestros amigos. En este punto, nos surgió la idea de si es pertinente clarificar si la amistad se elige o se encuentra, y un asistente reivindica aquellas amistades superficiales, aquellas personas con las que simplemente nos lo pasamos bien y nos hacen disfrutar, sin mayores pretensiones. De nuevo se propone si estamos defendiendo una visión demasiado romántica del amigo y la amiga, si estamos pensando, despegados de la realidad, más en una versión ideal que en una real de lo que son, en nuestras vidas, nuestros amigos. Puesto que, si ha de haber libertad, no debe haber, consecuentemente, exigencias. Se replantea aquí la cuestión de la reciprocidad, ¿puede haber una amistad interesada? ¿Se debería llamar a eso amistad?

Pero el problema se agranda aún más cuando, como mineros, seguimos profundizando en el concepto.  ¿Pueden ser amigas dos personas que no pasan tiempo juntas, que no comparten experiencias? ¿Y dos personas que no hablan el mismo idioma? ¿Son un límite las diferencias culturales? Dicho de otro modo, ¿tiene límites la amistad?

Aristóteles consideraba bienes supremos aquellos que se persiguen por sí mismos, es decir, aquellos que no consideramos como un medio para alcanzar otra cosa, que no son útiles, que tienen valor por lo que son, no por su utilidad. E identificó tres bienes supremos: la felicidad, el amor, y la filosofía.  Termina el diálogo preguntándonos si, en vista de lo hablado, podemos considerar la amistad como otro bien supremo que Aristóteles, amigo de sus amigos, olvidó mencionar. 

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