Sobre la ignorancia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.4
20 de enero de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas

Ninguno de los dioses filosofa ni desea hacerse sabio –pues ya lo
es–, ni ningún otro filosofa. Y, por otra parte, los ignorantes tampoco
filosofan ni desean hacerse sabios. Precisamente en este aspecto es un
mal la ignorancia: en que aquel que no es bello, bueno ni sensato crea
que lo es bastante. Es seguro que quien no cree estar carente de nada,
no desea aquello de lo que no cree carecer.
Platón, Banquete

¿Qué es ser ignorante?

No hay búsqueda humana más opuesta a la ignorancia que la Filosofía. Desde su nacimiento,
cuando tomó conciencia de sí misma, de la mano de los primeros filósofos presocráticos –Pitágoras
acuñó su nombre– la filosofía no ha cesado de buscar la sabiduría. Emerge cuando apartamos lo que no
es, cualquier forma de ignorancia, esa ausencia de saber que no posee entidad propia, pero que produce en
nosotros los mayores males y origina el sufrimiento. Sin duda, el tema de aquella tarde era muy filosófico.
Buscábamos desenmascarar la ignorancia; que podamos verla llegar, con toda su falsedad y su impostura.
Incluso, compadecernos de algunas de sus formas más inconscientes. Vayamos por partes.
Antes, el moderador del encuentro solicitó de los participantes su colaboración creativa para
iniciar del diálogo. Y como era una tarde muy ventosa, la pregunta fue: ¿qué os evoca la palabra
“viento”? Como veréis, este experimento muestra cómo no hay dos vientos iguales, aunque a todos los
llamemos “viento”. Precisamente, para cubrir estos huecos del lenguaje existe el arte. Recogemos aquí
algunos de las inspiraciones de los participantes, que volaban con la fuerza del viento: movimiento,
ligereza sucia, fuerza, frescura, mirada en una dirección, baile de hojas, fluidez, viaje sin retorno,
resistencia a lo lo otro, atrevido empuje, distorsión, inestabilidad, malestar, renovación, sequedad, caos,
desasosiego, desequilibrio y, a la vez, búsqueda de un equilibrio. Con cada una de las palabras asociadas
al viento podíamos componer un poema. De hecho, hubo quien ya se disponía a hacerlo… Otra de las
participantes clavó su mirada en un cuadro de enfrente, que se hallaba expuesto en el salón de “La Peña”:
un paisaje con los árboles inclinados por la costumbre del viento. Podemos decir que allí dentro, aquella
tarde, llegamos a sentir el viento que hacía fuera de manera nueva.
Desde el comienzo, la voluntad de hablar de la ignorancia era irrefrenable. Tanto fue así que no
hizo falta plantear ninguna pregunta inicial: estaban los participantes locos por refrenar la ignorancia y
ponerle coto. (Salvo alguno de los participantes, que se empeñaba en que “la ignorancia da la felicidad”;
por cierto que iríamos contrastando si ésta no podría ser una de las formas en que se presenta la
ignorancia.) Desde el comienzo, se fueron aportando distintas perspectivas de la ignorancia, lo que iba
mostrando la necesidad de una definición. Llegó más adelante. La ignorancia es una falta de
responsabilidad, no querer saber para no hacerme cargo de las consecuencias de mis actos; una falta de
formación o conocimiento; no saber las causas; desconocer las consecuencias; desconocer los intereses
que se esconden detrás de las acciones, etc. Ciertamente, hacía falta una definición, o al menos, una
aclaración de lo fundamental. Y nos preguntamos si la ignorancia, ¿implica una actitud consciente o
inconsciente? Pues… hay de todo. Pero quedaba muy claro que la ignorancia que preocupaba, la
verdadera ignorancia, era la ignorancia consciente. Bueno, ya sabíamos algo.
Una de las participantes introdujo una distinción que, a la postre, resultaría crucial para
comprender el fenómeno de la ignorancia en las sociedades actuales. Se trataba de la diferencia entre
saber y conocer. La ignorancia de conocimiento y la ignorancia de saber. Y esta última es la mayor
ignorancia, la ignorancia referida a la esencia de las cosas mismas, la ignorancia de las causas, la
ignorancia práctica acerca de los valores, de lo que importa por sí mismo y en cada momento. Lo otro se
refiere a nuestro conocimiento, a la cantidad de información, a los hechos particulares conocidos. Y de

esto abunda en nuestras sociedades… Pero, ¿abunda el saber fundamental? Recordemos que el sabio no
es el sabe muchas cosas, un erudito, sino el que sabe lo esencial. Aristóteles diría que el sabio es el que
sabe los principios últimos (desde el punto de vista del conocer) o primeros (desde el punto de vista del
ser), eso que siempre está ahí debajo o detrás de lo que sucede, la causa y no los síntomas. Todos tenemos
la experiencia de personas que no tienen mucha formación o estudios, que no saben muchas cosas, pero
que son capaces de tomar una decisión importante mejor que muchos… Además, actualmente, se da otro
fenómeno muy preocupante: la sobreabundancia de conocimiento o información, sin la capacidad de
criterio o juicio propio. Lo que muchas veces produce el efecto contrario de la desgana o la desidia por el
saber. Como dijo una participante, lleva a conformarnos con una “ignorancia de rebaño”. Por otro lado, es
obvio que las personas que estábamos allí no éramos de esos. Pues, buscábamos saber… ¡a través de la
filosofía!
Habiendo dejado claro qué es la ignorancia y cómo es la que más nos preocupa hoy día, llegó el
momento de intentar una clasificación de las formas de ignorancia más acuciantes: no querer saber para
no responsabilizarse; dejarse llevar por la comodidad perezosa que se instala en nosotros (que no es lo
mismo que llamaba Nietzsche “capacidad de olvido”, necesaria para vivir); dejarse conducir por un saber
segado o interesado; y faltaba otro modo de ignorancia, quizás el más grave, como pensaba Platón, a
través de Sócrates: la ignorancia del que cree que ya lo sabe todo, puesto que nunca estará dispuesto a
llegar a saber. Otras formas de ignorancia, no siendo deseables, hemos de aprender a convivir con ellas:
no haber desarrollado las habilidades necesarias para un nivel determinado de comprensión de la realidad;
la ignorancia, que más arriba decíamos, que es un no saber inconsciente; o bien, la ignorancia debida a
otras causas ajena al sujeto, como la edad o la inexperiencia. En este sentido, el que sabe tiene la
responsabilidad de adaptar lo que sabe al contexto del receptor. El que ve tiene el deber de comprender al
que no ve y acompañarlo en su propia búsqueda, desde él mismo, sin imposiciones ni manipulaciones. Y
esto es especialmente relevante en cualquier contexto educativo. Con esta preocupación se dio por
finalizado el diálogo. En consecuencia, ¡que la lucidez nos acompañe! Pensadlo: si ponemos luz, la
ignorancia desaparece, igual que la oscuridad desaparece.

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