Sobre el optimismo

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.5 21 de enero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

 Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es ‘amor fati’ (amor al destino): el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo…, sino amarlo. F. Nietzsche ¿Somos optimistas o pesimistas? A todos nos pasan cosas. Unas más agradables que otras. Incluso algunas, por nada querríamos volver a vivirlas. Y ahí es donde se aprecia la fortaleza de un ser existente, su vitalidad, como diría Nietzsche. La prueba del algodón: ¿estarías dispuesto a vivir lo que has vivido una y otra vez? Es su doctrina más abismal, la del eterno retorno de lo mismo. Y no es cuestión de que vaya a pasar o no –no lo sabemos–, es una cuestión de actitud. Cómo vivo mi vida… Ser optimista o pesimista, con todos sus grados e inconsecuencias, son dos actitudes extremas, que ocultan todo el resto de matices… Lo veremos a través de este nuevo encuentro de nuestro café filosófico en Vélez-Málaga, en la cafetería El pianista del Carmen. Es muy posible que si el “buen” tiempo continúa, la próxima vez podamos agruparnos en su magnífica terraza con vistas a La Fortaleza. “Amor fati”. Con esta formulación, Nietzsche nos plantea un tema que va más allá de lo que a primera vista podamos pensar. Crucial. La aceptación. Sin esta actitud básica no es posible afrontar adecuadamente la vida. Lo primero es situarse en la realidad. Ver lo que hay. Sin esto, nuestra respuesta siempre será errada. Y no digamos salidas como la huida o el rechazo o la sustitución de lo que no nos gusta. De aquí proceden numerosos desequilibrios mentales, si se exageran dichas respuestas. Pero, aceptar no significa un “no hacer” resignado o desesperanzado. Nada de eso. Una vez que hemos tomado conciencia cabal de lo que hay, somos más libres para decidir qué hacer, con conocimiento de causa. Y podemos optar por no hacer nada y dejar que todo siga su curso (a veces es lo mejor), o bien, podemos optar por cambiar algo (a veces esto es lo que toca). Pero sobre la base de los hechos asumidos como hechos, cuya responsabilidad no atribuyo a otros. Pues bien, como muestra de que aceptación no es igual a resignación, el moderador del encuentro propuso a los asistentes que nombraran, en voz alta, si querían, algún cambio consciente. De esta manera consciente, ¿qué querrías cambiar en tu vida? Por ejemplo, trabajar la paciencia, por ejemplo, adoptar mejores hábitos, más saludables, por ejemplo, aprender a tomarme mejor lo que no depende de mí, por ejemplo, valorar mi suerte, por ejemplo, profundizar en la confianza, por ejemplo, no renunciar a mi combatividad, pero cambiar la forma de expresarla, por ejemplo, ser más rotunda cuando hay que serlo, por ejemplo, ser más directo, por ejemplo, apreciar lo que sí depende mí. (Ya veis que el filósofo estoico Epicteto estuvo allí con nosotros).

Y, ahora es tu turno… Antes de seguir con el relato de este encuentro filosófico, conviene no dejar de lado varias aclaraciones que los participantes quisieron dejar sobre la mesa. 1) Que la felicidad no tiene que ver con el optimismo; 2) que el optimismo puede ser variable, según qué aspectos consideremos de la vida en un momento o época determinados: así, algunos pueden ser muy optimistas respecto al desarrollo científico-técnico, pero no podemos serlo en cuanto a nuestro compromiso social y moral; y 3) que el optimismo o el pesimismo son tendencias y no una cosa consumada. 

Sobre esto abundaron un poco más: son tendencias potenciales, es decir, que pueden darse más o menos; que son tendencias ciertas, a falta de alguna explicación genética o educacional, que no tenemos; y que estas tendencias pueden ser más marcadas y claras en las sociedades tradicionales, pero mucho menos marcadas en las sociedades abiertas de nuestro tiempo. Quedó en el tintero una cuestión de bastante interés: si las experiencias dramáticas del pasado (sociales o individuales) nos llevan a ser más pesimistas o más optimistas. Optimistas también, ¿por qué no? Pero esto lo dejamos para que tú lo pienses y lo contrastes con tu propia experiencia, o con tu conocimiento de la experiencia de otros. Una cuestión muy importante afloró, no obstante: ¿cuál es la actitud más natural: el optimismo o el pesimismo? Concluyen que el optimismo lo es más… Si no fuera así, no habríamos llegado hasta aquí. No habríamos sobrevivido. Un pesimismo consecuente desembocaría en alguna forma de suicidio… Imaginad un educador o una persona que se levanta cada mañana y ha de atender a su negocio: ¿podría desempeñar su labor diariamente, de una manera satisfactoria? Y sin embargo, ¿por qué cuesta más mostrar en público el optimismo? Parece que está mal visto, que lo normal es quejarse o criticar de mala manera lo que sucede a diario. Mostrarnos optimistas con lo que que sucede sería mostrarnos fatuos o ingenuos. Deberíamos preguntarnos por qué esto se vive así. Realmente, el mundo no funcionaría sin la gran cantidad de personas que hacen cada día lo que tienen que hacer, creyendo en lo que hacen, con empeño e ilusión. Claro, que esto sale en los noticiarios… Muchas veces, la TV y las RRSS son auténticas fábricas de pesimismo. Así se comprende las frecuentes explosiones de vacuo optimismo, como contrapartida o reacción. Pero ya sabemos que los extremos se tocan, siempre. En este caso, los liga su “irrealidad”. Además presentan, cada una de estas dos actitudes, sus propios peligros equivalentes, sólo que de signo contrario: por exceso de irrealidad o por defecto de realidad, que viene a ser lo mismo. ¿Cuál sería entonces la actitud más adecuada? Es obvio: aquella que es capaz de abrazar la realidad, tal como es. Ellos y ellas lo dijeron. Y este es el verdadero vitalismo –ahora entendemos mucho mejor a Nietzsche. Un santo decir sí a lo que es, un sí dicho más allá del optimismo y del pesimismo. Sólo esto nos permitirá ir madurando, ir percibiendo de una manera más objetiva. Sólo esto es la auténtica vitalidad. Aunque no me guste lo que estoy viviendo. Ya aprenderé… Y agradeceré a la vida todo lo que me ha dado por otro lado, cuando creía que me estaba quitando. Todos tenemos la experiencia de que esto es así, después de llevar un tiempo suficiente aquí, existiendo. Acabamos con una expresión que gustó mucho a una participante: ser capaz de “valorar lo que es valioso”. El valor de cada cosa, más allá de si me gusta o no me gusta, si conviene o no conviene a mis intereses, tan interesados, tan pegados a cada momento, momentos que son tan pasajeros. Ampliar la mirada.

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