Sobre el destino de mi vida

Café Filosófico en Torre del Mar 3.4

 

21 de marzo de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas

 

Siembra un pensamiento y cosecharás una acción;

siembra un acto y cosecharás un hábito;

siembra un hábito y cosecharás un carácter;

siembra un carácter y cosecharás un destino.

Ralph Waldo Emerson

 

Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario

tienen las cosas; así seré de los que las embellecen.

Amor fati: sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra

a la fealdad. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores.

¡Que mi única negación sea apartar la mirada!

¡Y en todo y en lo más grande,

yo solo quiero llegar a ser algún día un afirmador! 

Friedrich Nietzsche

¿Somos dueños de nuestra vida, cada uno de nosotros?

De nuevo, estábamos en la Taberna El Oasis para filosofar juntos, que no es otra cosa que  poner en acción el sentido griego de logos. Según nos cuenta Pedro Olalla, en su reciente libro Palabras del Egeo, que va más atrás en algunas de las palabras que han marcado el transcurso de nuestra civilización, en el caso de la palabra logos o lenguaje racional, como suele traducirse, hay que saber que procede del verbo lego, y que, “detrás de cada verbo está siempre el mensaje intuitivo de un gesto”: en este caso, el gesto de unir el dedo pulgar y los dedos índice y corazón para pellizcar el aire. Así que, en primer lugar, este verbo, del que procede la palabra logos, expresaría la idea-experiencia de “ir uniendo”, “recogiendo”, juntando”. Pero además, comparte la raíz lep o lek, y con ello otro gesto: juntar las manos formando un cuenco para coger agua, “acogerla”. Y así es nuestro encuentro. Juntos dialogamos y acogemos inquietudes, preguntas y experiencias. Juntos dialogamos y nos acogemos. Una tarde más estábamos así dispuestos, con esta actitud… genuina filosófica.

Como además se celebraba el día mundial de la Poesía, el facilitador del encuentro quiso leer un poema de la veleña María Zambrano… ése que empieza “El agua ensimismada, ¿piensa o sueña?”, y acaba: “Si tú te miras, ¿qué queda?”. Leerlo, sentirlo, interiorizarlo y expresar qué queda en nosotros, si nos miramos dentro, fue la tarea  propuesta a los asistentes. Y éstas fueron sus respuestas compartidas: preocupación, paz, foco, optimismo, no-saber, niña con ganas de amar, vida, felicidad, sol, grano de arena en un inmenso desierto, ???, reflexión, calma, preocupación por los otros, incertidumbre, cambio. Cada una de las cuales, estas sensaciones, darían para comenzar todo un diálogo… Pero queríamos partir de un interés común, y éste fue el destino. El destino de mi vida. Pero no “el destino” como idea o mito. No, el curso de mi vida y cómo lo vivo, aquí y ahora, el problema existencial humano, ¿hasta qué punto, soy dueño de mi destino? Y es imposible, de nuevo, no acordarse de los antiguos griegos. El problema existencial recogido en la forma de tragedia humana: la de Edipo. Al tratar de escapar a su destino, acaba consumándolo. ¿En qué momento Edipo fue más dueño de su vida: cuando quiso rebelarse contra el vaticinio monstruoso del oráculo o cuando asumió su destino como propio? Esto es lo que tenemos juntos que dilucidar,  sentido en nuestras propias carnes.

¿Me encuentro condicionado en mi vida o no lo estoy? Sé de muchas circunstancias, incluso imprevistas o imprevisibles, que han marcado el desarrollo de mi vida. Por otro lado, muchas veces pienso que soy yo quien construye mi vida, pero no me gusta como es. Aquí se apreciaba una confusión, una laguna en la conciencia del grupo.  Tanto si pienso que yo soy el artífice de mi vida, pero no me gusta como la voy construyendo, como si yo soy un juguete de las circunstancias, soy yo, o una parte de mí, quien se da cuenta de ello… Pues bien, ¿esta parte es libre, dueña de sí misma? Ya se estaba encendiendo una cerilla… No era un foco de luz claro e intenso, pero era una luz, una lucecita que más tarde podía avivarse… Todavía no era momento para el alumbramiento.

¿Dónde poner el foco, en mí o en las circunstancias? Los dos elementos están en juego, pero ¿qué papel juegan? Ya sabéis que Ortega y Gasset lo resuelve a través de la interacción constante entre el yo y mis circunstancias: ellas y lo que yo pueda hacer con ellas, haciéndome cargo de ellas y de mí mismo, en definitiva, responsabilizándome de mi propia vida.  Siempre aparece una holgura de la realidad que me da cierto margen. Y una de las participantes apunta que “mi destino” solamente lo conozco al final. En este punto del diálogo, el moderador del encuentro decide hacer una encuesta: ¿mi vida es mía? Y la mayoría opinaba que sí, que, al menos, eran suyas sus reacciones o respuestas a lo dado, no elegido en sus vidas. Pero otra de las participantes discrepaba. ¡Y bendita discrepancia! Dijo que esas respuestas mías eran sólo aparentes, pues, perfectamente, también podían estar condicionadas. Esto era muy sabroso. Este obstáculo incitaba, alimentaba, la discusión… Forzaba la necesidad de usar una nueva broca, la de buscar una nueva zona de indagación o apriete, ahondar de otro modo y no quedarnos ahí, paralizados.

Pues bien, unos interrogantes, y unos casos, podían venir en nuestra ayuda. Si nuestras reacciones ante el mismo caso no son las mismas en todas las personas, ¿no indica esto que pueden ser mías, de algún modo? Si es única mi reacción, ¿no es mía de algún modo? ¿Cuál es la clave de bóveda de la superación de experiencias traumatizantes como un duelo, estar encarcelado, sufrir un accidente mortal o una grave enfermedad? Y van diciendo los participantes que, cuando vas madurando, esto facilita su superación, y que, cuando te das cuenta, hay un momento de lucidez, más allá del suceso o el trauma, y se despierta una capacidad de ver, de sentir, de hacer… distinta, única, insobornable, que no se deja afectar por lo que estás viviendo en particular. Es decir, que en la medida en que somos más conscientes, entonces, “mi vida es mía”, y lo opuesto, cuando soy menos consciente. Siento que mi vida es mía, que soy dueño y artífice de ella. Todos esos momentos en los que soy muy consciente de las circunstancias y de mí mismo, en los que estoy viviendo esas circunstancias lúcidamente, esos momentos son míos. El resto, no se sabe.

Esta conclusión indicaría claramente que tengo todo un trabajo por delante: de autoconocimiento y de autorrealización. Cuando voy realizando, desarrollando, mis propias cualidades internas, de un modo consciente, voy sintiéndome más y más yo mismo y mejor me reconozco; y cuando voy reconociéndome, aparece una mayor transparencia entre lo interior y lo exterior. Más exactamente: no hay diferencia entre lo exterior y lo interior. Edipo no fue libre hasta que no asumió su destino como propio. Nunca más libre que cuando fue más lúcido y adoptó una vida que el mismo oráculo desconocía. Sólo cuando cegó sus ojos fue de verdad vidente, y estuvo preparado para vivir auténticamente la realidad de su vida, por muy amarga que ésta fuera.

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