El valor del silencio

SSSSSHHHHHHH

 

Para dialogar,

preguntad primero;

después…escuchad

Antonio Machado

Reunidos en La Peña, de Vélez-Málaga, un número inusual de filósofos prácticos (aquellos interesados en hacerse preguntas y en intentar responderlas dialogando, eliminando los prejuicios propios) no pudieron elegir un mejor tema de conversación filosófica. En un contexto de celebración, copas y música alta, los asistentes en esta ocasión eligieron, a mi juicio acertadamente, el silencio como tema central de nuestro diálogo. 

¿Cuál es el valor del silencio? O dicho más antropocéntricamente: ¿qué nos aporta el silencio? En un primer momento, podemos pensar que nos proporciona un estado de búsqueda de sí, de autoconocimiento, una posibilidad de parar el mundo, sus constantes estímulos y sus ruidos, y una forma de diálogo íntimo consigo mismo. Pero esto no garantizaría que nos propiciara, per se, un oasis de paz y de serenidad. Pues, ¿puede el silencio experimentarse como algo negativo? Si consideramos la “mente de mono” (monkey mind, como suele conocerse a este fenómeno: el flujo de pensamientos automáticos y descontrolados en el que está inmersa de continuo nuestra mente) uno de los problemas crónicos del siglo XXI (móviles y redes sociales mediante), experimentaremos dificultades para generar un estado de ánimo íntimo, suficientemente sereno y, por ello, silencioso. Acostumbrados a vivir mecánicamente, parar un instante puede suponer una frenada brusca y desagradable. Entonces, ¿se puede entrenar el silencio? Algunos asistentes aportaron breves técnicas relacionadas con la meditación y la introspección, cuya condición indispensable es el esfuerzo y la disciplina, la constancia. 

La RAE define en primer lugar silencio como “abstención de hablar”; la segunda acepción es “falta de ruido”. Y aquí nos llaman la atención dos cosas: una, no hay una definición oficial positiva de este término (se define por una ausencia o carencia de algo); dos, lo que falta no es el “sonido”, sino el “ruido”. Los asistentes convinieron que, físicamente, no existe el silencio absoluto, aunque, quizás, sí existe para nosotros.

 

¿Qué es pues el silencio para nosotros? En relación al tiempo, una pausa. En relación al espacio, un refugio. Lo cual conlleva, al menos, una consecuencia, y es que el silencio no es en nosotros algo natural, es decir, que no somos silencio naturalmente, y es por ello algo que debemos voluntariamente buscar. Sería entonces una estrategia para encontrarnos, una búsqueda que pasa por la necesidad de parar los sentidos, que están, de continuo, informándonos del mundo. Una manera de conectar con los sonidos del universo, y de huir, por tanto, del barullo propio de nuestra existencia. 

Sin embargo, ¿puede el silencio ser negativo? ¿Puede ser opresivo, censor, aniquilador? Se recuerdan entonces unos versos cantados por Atahualpa Yupanqui:

Le tengo rabia al silencio

por lo mucho que perdí

que no se quede callado

quien quiera vivir feliz

 

Esto abre el diálogo a nuevas preguntas. ¿Qué relación tiene el silencio con la falta de libertad de expresión? No hay peor silencio que el impuesto, en concreto, políticamente. Aquí se plantea un problema candente, ya que pasamos a considerar la cuestión más como silenciarse, ser callado, y con ello, ponemos sobre la mesa la (auto)censura. Ahora el silencio implica prudencia, omisión, sigilo. Si, como hemos dicho, el silencio no es un estado natural, la censura política, social, cultural, tener que callar lo que uno piensa por miedo o peligro para la propia vida, implica una ausencia de libertad que nos desnaturaliza. En consecuencia, el silencio elegido supone un lujo, un privilegio de unos pocos. Una búsqueda interior de aquellos que, pudiendo hablar, callan, en contraposición a aquellos que callan porque no pueden (o no deben, o no deberían) hablar. En definitiva, no es lo mismo poder hablar y no hacerlo, que querer hablar y (no poder) hacerlo. 

Como dice Antonio Escohotado, la realidad está llena de infinitos detalles, y describirla con exactitud es imposible. Así los conceptos, bien pensados, suponen ahondar en una problemática que invita a seguir dialogando. Pero el tiempo, ese bicho que anda y anda, es como es, y el diálogo tocó a su fin con la petición del animador a aventurar una definición del silencio. He aquí una muestra de algunas propuestas de los asistentes:

“Capacidad de conectar contigo mismo en paz”

“Contemplación elegida”

“Algo destrozado por el ser humano”

“Una necesidad”

Para concluir, una recomendación: hablemos, expresémonos, digamos todo aquello que es importante (y ustedes y yo sabemos qué es lo importante). Después callemos, quedémonos en silencio con el fin, tal vez, de disipar todo lo insignificante, que es, con mucho, lo que más ruido da. 

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